Selladores: la superficie oclusal es donde más empieza la caries y menos llega el cepillo

Las superficies oclusales de los molares son la sede en que la caries aparece con más frecuencia en la edad evolutiva, y la razón es anatómica antes que conductual.

Los surcos y las fositas tienen una anchura inferior al diámetro de una cerda de cepillo. Ninguna técnica de cepillado, por correcta que sea, los limpia en profundidad.

Son además un ambiente ideal para la biopelícula: protegido mecánicamente, con sustrato alimentario que se estanca allí y escaso recambio salival.

El sellador resuelve el problema cerrando físicamente ese espacio, y convirtiendo una superficie irregular en una lisa y limpiable.

El mejor momento es justo tras la erupción completa, cuando el esmalte aún es inmaduro y más susceptible, y antes de que una lesión haya tenido tiempo de iniciarse.

Para los primeros molares permanentes esto sitúa la intervención en torno a los seis o siete años, para los segundos hacia los doce. Son las ventanas en que el sellado más rinde.

El diente parcialmente erupcionado plantea un problema práctico: el aislamiento es difícil y la contaminación por saliva compromete la adhesión. En ese caso conviene esperar o usar un material menos sensible a la humedad.

Las resinas compuestas son el material con mejor retención en el tiempo, pero exigen campo seco y grabado correcto.

Los vidrios ionómeros toleran mejor la humedad y liberan flúor, pero se desgastan más deprisa. Son la elección razonable cuando el aislamiento no es alcanzable, como sellado provisional a revalorar.

La duración depende casi por completo de la calidad del aislamiento durante la aplicación, más que del material elegido. Un sellador contaminado por saliva se desprende en meses.

Esto comporta una obligación de control: los selladores deben verificarse en cada revisión, porque uno parcialmente desprendido es peor que la ausencia, al crear un nicho cerrado.

El sellador no sustituye la higiene ni el flúor, y no protege las superficies proximales. Cubre una sede concreta, y sobre esa sede debe valorarse.

En síntesis: los surcos son más estrechos que una cerda y no se limpian, el mejor momento es justo tras la erupción, la resina dura más pero exige aislamiento, el vidrio ionómero tolera la humedad, y la duración depende del aislamiento más que del material.