La primera visita del niño: lo que ocurre antes de sentarse cuenta más que la sesión
La primera visita de un niño determina la relación con la clínica durante años, y su desenlace depende en buena parte de elementos que preceden la entrada en el gabinete.
Sobre el momento, la indicación más extendida sitúa la primera visita dentro del primer año de edad o en todo caso poco después de la erupción de los primeros dientes.
Parece precoz y no lo es, porque el fin no es curar sino establecer un contacto en ausencia de problemas y dar a los padres indicaciones cuando sirven, no después.
Un niño cuya primera experiencia es una visita sin dolor asocia la clínica a una experiencia neutra. Un niño que llega la primera vez por un absceso asocia la clínica al dolor, y esa asociación dura.
El papel de los padres empieza en casa, y el daño más frecuente nace de frases dichas con buena intención.
Decir no te preocupes, no dolerá introduce la idea de que pueda hacerlo. Las palabras dolor, pinchazo, miedo no deberían aparecer, porque un niño que no las tiene en mente no las teme.
Las promesas de recompensas condicionadas, del tipo si te portas bien luego te compro algo, comunican que va a ocurrir algo desagradable que hay que soportar.
La estructura más eficaz para la primera sesión prevé poco: sentar al niño, mostrar los instrumentos, contar los dientes con el espejo, y terminar antes de que se agote la atención.
Terminar pronto es más importante que hacerlo todo. Una sesión breve bien concluida construye la siguiente; una larga que degenera en llanto compromete meses.
La técnica del dilo, muéstralo y hazlo es la más consolidada: explicar con palabras sencillas, mostrar el instrumento y dejarlo probar en la mano, y luego usarlo.
La presencia de los padres en el gabinete debe valorarse caso por caso. Un padre tranquilo ayuda; un padre ansioso transmite la ansiedad más rápido de lo que cualquier técnica pueda compensar.
El control que el niño percibe tener reduce la ansiedad más que cualquier tranquilización: acordar una señal con la mano para parar funciona porque es cierto, y debe respetarse cuando el niño la usa.
En síntesis: la primera visita se programa antes de que haya un problema, las palabras de los padres en casa cuentan tanto como la sesión, la estructura eficaz es breve, terminar pronto vale más que hacerlo todo, y una señal de parada respetada reduce la ansiedad más que cualquier tranquilización.