Mascarillas quirúrgicas: qué distingue un Tipo II de un Tipo IIR, y por qué en odontología la diferencia cuenta

Cómo se leen las clases de la norma EN 14683, por qué la resistencia a las salpicaduras es el parámetro relevante en el sillón, y los errores de uso que anulan la eficacia de una mascarilla correcta.

Las mascarillas quirúrgicas son productos sanitarios clasificados por la norma europea EN 14683, que las divide en Tipo I, Tipo II y Tipo IIR sobre la base de dos parámetros. El primero es la eficiencia de filtración bacteriana: al menos el 95% para el Tipo I, al menos el 98% para el Tipo II y el IIR. El segundo, que es el que realmente discrimina para el uso odontológico, es la resistencia a la penetración de líquidos a presión — la letra R significa resistente a salpicaduras. En una clínica dental la turbina y el ablacionador proyectan continuamente un aerosol de saliva, sangre y agua hacia la cara del operador, y es exactamente el escenario para el que se introdujo la resistencia a fluidos: una mascarilla que filtra bien pero se moja deja de proteger, porque un tejido húmedo pierde propiedades filtrantes y crea una vía directa para los líquidos.

Conviene aclarar también una distinción que genera confusión recurrente: una mascarilla quirúrgica no es una mascarilla filtrante FFP2 o FFP3, y no lo pasa a ser cambiando de marca. La mascarilla quirúrgica está pensada principalmente para proteger al paciente de lo que emite el operador y para hacer de barrera frente a salpicaduras; la mascarilla filtrante está pensada para proteger a quien la lleva de la inhalación de partículas finas y exige un sellado facial verificable. Son dos dispositivos con objetivos distintos, regulados por normas distintas, y la elección entre ambos depende del procedimiento y de la evaluación del riesgo, no de la preferencia personal.

Los errores de uso desperdician más protección de la que añade pasar a una clase superior. El primero es no ajustar el clip nasal: una mascarilla que deja un hueco sobre el dorso de la nariz hace que el aire tome el camino de menor resistencia, es decir junto al filtro en lugar de a través de él. El segundo es tocarla o bajarla bajo el mentón durante la sesión y volver a subirla: la superficie externa está contaminada, y ese gesto la pone en contacto con el cuello y luego de nuevo con la cara. El tercero es usarla más allá de su vida útil: una mascarilla humedecida por la respiración tras algunas horas tiene características filtrantes distintas de las certificadas, y debe cambiarse entre pacientes en los procedimientos generadores de aerosol, no al final de la jornada.

Una última consideración operativa: la mascarilla protege nariz y boca, no los ojos, que son una vía de entrada documentada para patógenos vehiculados por salpicaduras. Las gafas protectoras o la pantalla facial no son una alternativa a la mascarilla sino su complemento necesario, y deben llevarse juntas en todo procedimiento que produzca aerosol.

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