Gafas de protección para el paciente: la lesión ocular en odontología es rara pero casi siempre evitable

La protección ocular del operador ha entrado en la práctica diaria; la del paciente sigue siendo opcional en muchas clínicas, y se percibe más como una atención que como una medida de seguridad.

Los riesgos documentados son de tres tipos. El primero es la caída de instrumentos o materiales: el paciente está en decúbito supino bajo el área de trabajo, y cualquier objeto que se escape de la mano tiene una trayectoria directa hacia la cara.

El segundo es la salpicadura química. Grabador, hipoclorito, adhesivos, desinfectantes: sustancias que sobre la conjuntiva producen lesiones inmediatas. El hipoclorito de sodio usado en endodoncia es el caso más descrito en la literatura.

El tercero es la proyección de detritos durante la eliminación de obturaciones antiguas o durante el pulido, donde fragmentos de amalgama o composite salen a alta velocidad en direcciones no previsibles.

La incidencia global es baja, pero la gravedad potencial es alta y la prevención cuesta unos céntimos. Es el caso clásico en que la relación entre coste de la medida y gravedad del evento hace la elección obvia.

La pantalla desechable tiene una ventaja práctica sobre los modelos reutilizables, que atañe a la higiene pero también a la transparencia: las gafas reutilizables se rayan con la desinfección repetida, y un paciente que ve a través de una lente opaca se pone nervioso.

El criterio de elección principal es la cobertura lateral. Unas gafas planas protegen de la trayectoria frontal pero dejan descubierto el lado, que es la dirección de la que llega la salpicadura al trabajar en el sector contralateral.

Los modelos envolventes cubren también el ángulo externo. Cuestan poco más y resuelven el caso que ocurre con más frecuencia.

El volumen sobre el puente nasal merece atención porque entra en conflicto con el acceso operatorio. Unas gafas de montura gruesa interfieren con la posición de los dedos en el sector anterior superior, y el operador acaba retirándolas — obteniendo cero protección.

Los modelos de pantalla única sin montura central resuelven el problema y son además más rápidos de colocar.

Para los pacientes que usan gafas graduadas la solución no es pedirles que se las quiten sino superponer una pantalla que las cubra. Las gafas graduadas ofrecen ya una protección frontal parcial pero ninguna lateral, y son la superficie que el paciente se lleva a casa.

En los tratamientos con lámpara de polimerización la protección cambia de función: hace falta una pantalla naranja que filtre la longitud de onda azul. Unas gafas transparentes protegen de las salpicaduras pero no de la luz, y la exposición repetida a la polimerización afecta sobre todo al operador y a la auxiliar.

En síntesis, la protección ocular del paciente es una medida de coste insignificante para un riesgo poco frecuente pero serio. Debe elegirse envolvente, sin montura voluminosa, y naranja cuando se polimeriza: son tres requisitos que no aumentan el precio de forma significativa.